Descubriendo Moratalla. Río Benamor - Sierra del Buitre | All You Need In Murcia

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Descubriendo Moratalla. Río Benamor - Sierra del Buitre

Moratalla-

Descubriendo Moratalla. Río Benamor - Sierra del Buitre “Dia de Salamandras"

Por fin…la primera mañana de otoño a una temperatura consecuente con el momento del año. Y es que climatológicamente hablando, no podemos negar la evidencia de los llamativos cambios que estamos viviendo. Pero esta mañana, los tres grados con que nos recibe el río Benamor, punto de salida de nuestra ruta de hoy, son muy bien venidos, así como las cuatro gotas que cayeron la tarde del sábado. El torrente del Benamor, serpentea por las faldas de la Sierra del Buitre en busca de su hermano Alhárabe, excavando los terrenos cretácicos por los que comenzamos a caminar, con la tarea que hoy nos hemos impuesto; ascender a la cumbre de esta emblemática sierra. La vegetación que acompaña el paso del agua, aún se ve tumbada por la fuerza de las lluvias del principio del otoño, y nos permite el vado sin apenas mojar nuestras botas. Las primeras rampas del ascenso al que hoy nos enfrentamos, nos sirven para entrar en calor, y para poco a poco introducirnos en el que quizás sea el principal valor de esta sierra; el bosque mixto que se desarrolla en su umbría. Casi sin darnos cuenta, los Pinos carrascos dan paso a otra vegetación, los Quercus, que se mezclan en la espesura con un rico sotobosque. El sol, que se eleva despacio en la cúpula celeste, ilumina tímidamente la fronda de distintos tonos verdes, y comienza a descubrirnos otros matices ocres…las Encinas, cada vez más numerosas, en esta singular umbría viven hermanadas con sus primos los Quejigos, nuestros robles carrasqueños o mediterráneos, que en esta época hacen gala de una de sus principales características, la marcescencia. Y es que a nuestro paso, los ocres que descubrimos entre las Encinas, delatan la realidad de su ser. Así como en la obra de Pablo Luna, el sultán Darío era en realidad una mujer, y su hermana Benamor era en realidad un hombre, el otoño y las hojas que los Quejigos perderán en pocos días, ahora amarillentas, señalan cada uno de los miembros de su especie que se esconde durante el resto del año, confundido en el maremágnum del encinar. La densidad y el tamaño del bosquete de Quejigos que sobreviven en la fecunda ladera del Buitre, es sin duda única en nuestra Región, y dotan de un importante valor a este bosque aún no reconocido. Y para que no nos quepa duda alguna, los mismos tonos ocres que delataron a los quejigos, delatan ahora a otra especie aún más rara por estos lares, los Mostajos o Serbales moriscos. Fuera de su área de distribución, unos cuantos ejemplares sobreviven contra todo pronóstico en este extraordinario bosque, haciendo gala de las condiciones especiales que en él se conjugan. Fogonazos rojos como llamas, se unen al espectáculo, son los Serbales…Una pequeña maravilla más que sumar a nuestra querida Moratalla. Pero si de maravillas hablamos, llegamos a uno de los momentos fascinantes de la excursión de hoy. La pareja más noble y de mejor familia que puebla actualmente estos montes, elegantes, magníficos, custodian el agua que mana la tierra recogida por tres barrancos que confluyen justo en este paraje, conocido precisamente como los Barrancos…me refiero, como ya supondréis, a la Encina y el Quejigo de más de 16 metros de altura que se elevan al cielo en dicho paraje, y que han visto el desarrollo de nuestras vidas a lo largo de probablemente más de 500 años. Caminamos entre ellos, los tocamos con el respeto que merece su noble cuna, y por supuesto, tomamos todas las imágenes que podemos con nuestras cámaras para tener un recuerdo de tan magníficos ejemplares. Probablemente, este Quejigo sea el de más envergadura de la Región de Murcia, y su estado de salud, parece inmejorable, así que imaginamos que seremos nosotros los que abandonaremos el planeta antes que él, esperamos que recuerde nuestro paso por aquí. Pero hoy, algo nos falla. A pesar de la lluvia caída ayer, y de estar en plena época de reproducción de las Salamandras, por más que las buscamos allí donde siempre las hemos visto otros años, no encontramos ni rastro de ellas. Probablemente, las altas temperaturas y la falta de lluvia, no han activado aún a estos pequeños duendes de nuestros bosques más húmedos, y al igual que hemos observado durante todo el año cambios en los hábitos de conducta de algunas especies muy conocidas para nosotros y bien estudiadas, esperamos que las Salamandras, sólo retrasen unas semanas su momento reproductivo. Aunque tendremos que aceptar, que los cambios climáticos, también cambiaran nuestros ecosistemas, sus ambientes y las especies que los habitan, incluidos nosotros mismos, que no seremos ajenos a lo que nos depare el futuro. En nuestro “rastreo salamandril”, reparamos en que alguien ha colocado pelo humano cortado por todo el entorno, con la esperanza de engañar a los jabalíes, al menos por unos días. Seguimos ascendiendo en fila india por la estrecha senda que cruza el bosque, hasta llegar a lo que fue el viejo camino que cruzaba la montaña desde la vecina Caravaca. Aquí tenemos la sensación de que el sol, rara vez baña con su luz y su calor esta parte concreta de la ladera, donde además encontramos una carbonera abandonada, en la que aprovechamos para rememorar este oficio, que se desarrolló en nuestros bosques durante siglos. El ascenso cada vez más vertical, nos ha adentrado en lo más profundo del bosque, y seguimos a Jesús sin perder el paso, ya que la vieja senda, prácticamente ha desaparecido en muchos puntos debido al olvido y la falta de paso. De hecho, cuanto más nos elevamos, más difícil resulta encontrarla, pero nuestro guía, se mueve como pez en el agua en un terreno que recorre desde hace de 40 años. Una depresión en el terreno, llama precisamente su atención, señalándonos una diaclasa que penas si distinguimos cubierta por un colchón de acículas, las cuales, aparecen húmedas solo en puntos muy concretos…y es que allí donde la diaclasa “sopla” aire caliente, la humedad se condensa y moja las acículas, así que nos encontramos sobre una sima, asociada sin duda a la diaclasa. Continuamos, muy cerca ya del castillo natural que forma la erosión de las dolomías jurásicas que desafían al tiempo y al orden establecido en la cumbre del Buitre, y entre la espesura, nos encontramos saltando un par de muros que no se corresponden con ninguna terraza, pero que tampoco nos aportan a simple vista más información, como no sea asociándolo a lo que enseguida veremos…y es que lo que conocemos con el nombre de Los Toriles, dista poco de un lugar para encerrar ganado, dado los restos que se encuentran asociados a los muros de piedra. El castillo natural que la erosión ha tallado durante milenios en las dolomías, es un auténtico espectáculo para todos, en especial, para los amantes de la fotografía. Además, nos ofrece la protección necesaria ante el viento que azota la cumbre, del que hemos subido bien protegidos, pero que ahora amenaza con su fuerza. Abrigados en los riscos, almorzamos antes de deambular por el recinto descubriendo sus secretos, como una pluma de Cárabo, que su dueño ha perdido allí donde se refugia para dormir o cazar, y otra prueba de su estancia en el lugar; sus excrementos. Como excrementos y encames, 4 en concreto, que encontramos de los dueños del recinto, tremendamente recientes dado el olor que desprenden, las Cabras monteses. Señales también en los cenajos por donde en el pasado escurría tal cantidad de agua, y durante tanto tiempo, que llegó a crear formaciones propias del interior de una cueva, como unas estalactitas que cuelgan de la pared fuera de lugar. Pero la cumbre nos espera, y el viento y el sol, parece que aliados con nosotros nos muestran su mejor cara, animándonos a afrontar la “chimenea” que nos conducirá a la arista cimera por la que llegaremos paso a paso hasta los 1427 msnm del Pico del Buitre. Uno de carne y pluma, juega con el viento cuando nos quedan pocos metros para llegar, como haciendo honor al nombre de nuestra emblemática montaña, otrora también conocida como “El Pico de Benama”. De pronto, una curiosa visión alada, nos regala la cumbre esta mañana luminosa de domingo, 4 Cuervos que vuelan juntos, en una imagen que poco a poco va desapareciendo de nuestros cielos debido a algún medicamento que se utiliza en ganadería, y que está acabando con sus poblaciones. El fuerte viento del sábado, y el que hemos tenido toda la mañana, pero que ahora nos ha dado una tregua para que pudiéramos disfrutar de la cumbre, ha limpiado la atmósfera por lo que la visión en redondo es magnífica, y jugamos a identificar todo lo que vemos, incluida la casa de nuestros compañeros Pablo y Paqui, Mojarra. Unas cuantas fotos por doquier, incluida la de grupo, y nos disponemos a descender de nuestra atalaya en busca de cotas más bajas que nos retornen al río. La cualidad de las dolomías, genera una erosión en forma de gravas que unido al desnivel provoca algún que otro resbalón sin consecuencias, y enseguida, nos encontramos en el camino que nos sumerge de nuevo en la umbría del encinar-quejigal, donde encontramos un ejemplar de Ammonites fosilizado en hierro nativo, y una pluma de Arrendajo que su dueño perdió al pie del camino. En algún momento, el bosque se humedece y oscurece tanto que los líquenes cuelgan y adornan las ramas de sus anfitriones, recordándonos nuestra reciente visita al Carrascal de Bajíl. El suelo denota la falta de lluvias, y explica el porqué de la ausencia de las Salamandras. Nos despedimos del monumental Quejigo y su compañera Encina, tan grande como él, y seguimos prestos el camino que nos lleva de nuevo al origen de nuestro caminar, el río Benamor, que ha custodiado nuestros coches hasta nuestro retorno. Con los ojos llenos aún de todas las bellas imágenes que hoy hemos disfrutado, nuestros pensamientos se dirigen hace ya un rato a la segunda parte de la ruta de hoy, la del disfrute culinario. El lugar elegido en esta ocasión, es tan emblemático como la sierra de la que descendemos, la Casa Cristo, donde en el restaurante La Pastora, Juani y su familia, todos nacidos en las tierras altas de Moratalla, hacen maravillas con los manjares de la tierra, a veces tan delicados como el queso frito con mermelada que nos han preparado, tan contundentes como los exquisitos embutidos y quesos, o tan humildes y deliciosos como las migas con uvas, tomates, pepinos, tropezones, y pimientos que preparan en esta casa como en pocos lugares…unos postres dignos de un Rey, y unos buñuelos dulces, calientes y esponjosos que nos recuerdan a algunas de las nubes con las que hoy se ha jalonado un cielo color añil, dan el toque final a una bella e interesante jornada de campo, recorriendo nuestras tierras, y conociéndolas un poco mejor…reímos, bebemos y comemos al calor de la amistad, unidos por intereses y experiencias mutuas que vivimos en unas indómitas tierras que esperan silenciosas en el exterior, mientras el sol se esconde y cae la temperatura…el Pico del Buitre, su imponente silueta y la visión de un bosque inmenso a sus pies se despide de nosotros cuando partimos…pero ahora lo llevamos con nosotros…
 

Descubriendo Moratalla. Río Benamor - Sierra del Buitre
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